Cuando los jóvenes adolescentes se involucran en conductas de consumo de sustancias, en actos violentos y autodestructivos consiguen que toda la atención de la familia recaiga sobre ellos.
En estos casos, las dificultades por las que atraviesa el joven, los trastornos que provoca y su fracaso en la vida se convierte en tema predominante en la vida de los padres. …El foco en el joven y la necesidad de estar a su disposición suministra a los progenitores un objetivo primordial: deben superar sus propias fallas y mantenerse unidos a fin de ayudarlo. En este sentido, el desquiciante  comportamiento del joven ejerce una influencia positiva sobre los padres, aunque los tiranice, los asuste y los incapacite. Los padres quedan imposibilitados de tratar de cambiar la conducta de su hijo porque temen causarle algún perjuicio, o ser dañados por él.
Dos jerarquías incongruentes son definidas simultáneamente en la familia. En una de ellas, el joven es inepto, deficiente, y depende para su protección, sustento y abrigo de sus padres, quienes se hallan en una posición superior, proveen a sus necesidades y cuidan de él; pero al mismo tiempo queda definida otra jerarquía en la cual los padres son dominados por el joven a causa de sus desvalimiento, sus amenzas o su peligrosa conducta. Si los padres quieren ser idóneos como tales, deben demandar del hijo un comportamiento apropiado a su edad, pero esto puede desencadenar acciones extremas y peligrosas en el joven. Si este se conduce de manera normal, pierde el poder que sus amenazas de esa conducta extrema de confieren sobre sus padres.
Cuando el joven cobra poder sobre  sus padres, esto tratan de recuperar su posición en la jerarquía recurriendo a agentes de control social. El joven es recluido, y en consecuencia se conduce en una forma aún más desvalida y fuera de control, lo cual incrementa el poder sobre sus padres, pues estos deben centrarse cada vez más en él en sus intentos de ayudarlo. Pero esta ayuda benevolente de los padres define al joven como una persona más desvalida todavía (o más incontrolable), y contribuye al poder que puede extraer de dicha situación. De este modo puede instaurarse un sistema que se autoperpetúa, en particular si hay algún estigma adscrito a la situación del joven y si la sociedad, por intermedio de los organismos correspondientes, contribuye a mantener dicho estigma. Poco importa que en sus orígenes la conducta del joven cumpliera una función protectora , que tuviera como propósito impedir la separación de los padres o que sólo se vinculara con una pugna por el poder. La cuestión es que para resolver el problema debe modificarse la jerarquía, reinstaurando una en la que el joven no domine a sus progenitores con su desvalimiento y sus abusos.
El terapeuta se centrará primero en resolver la incongruencia de la jerarquía familiar de modo tal que los progenitores estén permanentemente en una posición superior a los hijos. Una vez conseguido esto estaremos en disposición de   afrontar desde otra perspectiva los problema que aún no se hayan modificado.
Extraído de: Terapia familiar estratégica. Ed: Amorrotu