El hombre moderno, gracias a su gran éxito evolutivo y su capacidad cada vez más profunda para manipular y gestionar la realidad, ha creado el mito del control sobre todas las cosas.
Aunque esta ilusión se derrumbe estrepitosamente ante las tragedias de nuestra vida o se desmienta sobre la marcha por nuestra incapacidad para organizarnos, la tendencia a menudo maniaca de tenerlo todo bajo control es quizás la característica más relevante del hombre.
Esta orientación hacia el control de las cosas, de los demás y de uno mismo, es un comportamiento que ha provocado, sin duda, muchos logros y por tanto es conveniente cultivarlo y desarrollarlo. El problema surge cuando esa actitud positiva se generaliza pasando de ser una solución a ser un problema. Si frente a una reacción incontrolable, como, por ejemplo, sonrojarse cuando nos sentimos avergonzados, intentamos mantener el control y nos esforzamos por inhibirla, el efecto será empeorarla. Si insistimos, corremos el riesgo de construir una verdadera fobia a sonrojarnos.
Se trata de casos en los que el intento de control conduce a la pérdida del control. La gran mayoría de los trastornos fóbico-obsesivos se rigen precisamente por esta dinámica paradójica.
Otro ejemplo es el hombre que, con el temor de “no dar la talla” con una mujer, se esfuerza y se concentra mentalmente con el único resultado de inhibir su rendimiento sexual.
En el plano relacional, además, las cosas no le van mejor a quien intenta ejercer el control sobre el otro miembro de la pareja. El miembro “controlador” que al principio puede hacer que nos sintamos contentos porque sus celos nos confirman su amor, pasa después a ser asfixiante y opresivo, y nos lleva a desear justo lo que él intentaba prevenir.
Es sabido por los especialistas que las patofobias, es decir, el miedo patológico a contraer una enfermedad grave, son el efecto contraproducente de un exceso de pruebas diagnósticas preventivas, aunque en un primer momento sirven para tranquilizar, más tarde alimentan la obsesión por las enfermedades que hay que prevenir.
Esta psicotrampa transforma un sano atributo en un efecto insano a partir de su práctica exacerbada o de su aplicación a realidades incontrolables para nosotros, y conduce a efectos contraproducentes: es precisamente el control excesivo o inadecuado lo que lleva a la pérdida del control.

Psicosolución
Antes de ejercer el control sobre algo, es necesario valor con atención si ese control es posible e incluso si no resultará contraproducente. Aunque fuese constructivo, hay que tener cuidado de no convertirlo en algo rígido, como un guión de acción, de modo que siempre se deje una pequeña parte fuera de control. Es decir, mantener “el pequeño desorden que mantiene el orden y lo hace evolucionar” eso que en la ciencia se llama entropía de los sistema vivos.
Cuando los esquemas de una sistema vivo se vuelven rígidos , éste sucumbe, ya que deja de adaptarse y de evolucionar. Por tanto, permitirnos a nosotros mismos estar en continua evolución nos proporciona un control de la realidad que contempla también un gradiente libre de ésta.
Si la tendencia a practicar el control exacerbado nos vuelve a asaltar, se aplicará la técnica contraparadójica de la peor fantasía; es decir, agravar de forma voluntaria la sensación sobre la que tememos perder el control, de forma que creemos la paradoja de su eliminación, porque se convierte en voluntaria y deja de ser espontánea e irrefrenable.

Si la pérdida de control temida se refiere a cosas futuras, aplicaremos la técnica de como empeorar, o sea, nos preguntaríamos como podríamos fracasar voluntariamente en nuestros intentos, identificando los modos de pensar o de actuar que nos conducirán a desastres evidentes.    De nuevo se creará de forma voluntaria la reacción espontánea de tender a evitar lo que hemos evidenciado como contraproducente.


Extraído de Psicotrampas. Autor: Giorgo Nardone. Ed: Piadós